La intimidad y el erotismo
Para llegar a estas experiencias con la necesaria disponibilidad interior es necesario haber completado el proceso de maduración, pues de lo contrario la búsqueda de estas emociones-sensaciones ocultará el intento de revivir situaciones infantiles, y en la búsqueda de la otra persona se perderá aún más la propia identidad.
EL ENAMORAMIENTO
Ofrecer una interpretación psicológica de un fenómeno tan fascinante y misterioso como el enamoramiento no es tarea fácil, aunque el arte y la literatura hayan hablado tanto de este sentimiento.
Resulta muy complicado definirlo, porque no existe ninguna palabra que traduzca totalmente el carácter extraordinario y la intensidad de las sensaciones que despierta el enamoramiento. En efecto, cuando se presenta, es como si todo, por arte de magia, se encendiese, se cargara de color, se transformara, se convirtiera en poesía.
La continua sucesión de emociones confunde, produce turbación e inquietud que se acompañan de angustia, deseo y felicidad.
El desarrollo tranquilo de la vida cotidiana se ve comprometido, quedando pospuesto todo proyecto existencial, porque la poderosa fuerza del amor impone sus ritmos y sus prioridades, conduciendo a una reorganización de la vida y a una reestructuración del mundo afectivo.
¿POR QUÉ NOS ENAMORAMOS?
El amor es una de las necesidades fundamentales del hombre. Del mismo modo que no se puede vivir sin comida, sin agua o sin descanso, la existencia no tendría tampoco significado sin amor, ya sea éste la pasión arrebatadora por la persona que se ama o el afecto primoroso y tierno de la madre hacia el hijo, el sentimiento de solidaridad hacia el amigo, la fe religiosa o el ideal político.
Al igual que cualquier otro momento significativo de la vida, el amor nace como deseo inconsciente, que lentamente se abre camino, preparando y predisponiendo interiormente a la persona. Así, el encuentro con la persona real despertará solo algo que ya existía hace tiempo en nuestro interior, algo esperado durante mucho tiempo, imaginado, deseado.
No obstante, para poder llegar a una relación de amor es necesario que se haya completado ese proceso de maduración personal que conduce a la separación-individualización. Sólo entonces se habrá alcanzado una identidad lo suficientemente consolidada como para permitir la identificación con el otro, siendo conscientes de los propios limites. Hasta alcanzar dicha madurez son necesarios distintos acercamientos e intentos, existiendo por otro lado personas desgraciadas que no llegan a enamorarse nunca.
¿POR QUÉ EL ENAMORAMIENTO SE TRANSFORMA EN AMOR?
El enamoramiento tiene como fin natural su transformación en amor: resistirán tan sólo los vínculos con fuertes raíces, se perderán los sostenidos por sentimientos lábiles y frágiles. El paso del enamoramiento al amor constituye un delicado momento que contempla a la nueva pareja en el marco de la realidad, en la que la intensidad de las emociones se diluye y se enfría, aunque se hace también más profunda: lo extraordinario se convierte en rutina, adquiriendo sin embargo en la normalidad un sabor más auténtico, ya que transforma lo provisional en un proyecto de vida en común, seguramente no tan lleno de emociones desconcertantes, pero con mayores garantías de estabilidad y duración.
LA INTIMIDAD Y SU ORIGEN
Hasta hace unos años el concepto de intimidad se hallaba íntimamente ligado a la sexualidad y al carácter corporal del amor. Sin embargo, el concepto actual amplía sus limites, reconociendo también a tal respecto una expresividad afectiva, intelectual y espiritual.
Las raíces de la intimidad son profundas y se remontan a la relación originaria con la madre y el padre y a la forma en que el sujeto ha afrontado y superado el complejo de Edipo. Un niño que ha podido establecer, desde su más tierna experiencia, una relación afectiva satisfactoria, sabrá cuando sea adulto mantener relaciones libres y creativas con otra persona en la intimidad. Si, por el contrario, en el desarrollo evolutivo, el individuo se ha encontrado a la hora de comunicar sus necesidades con una respuesta disonante y no armónica, aunque sólo sea por malentendidos afectivos, se verá obligado a defenderse, privándose así de la posibilidad de un intercambio afectivo privilegiado, vital, satisfactorio.
LA INTIMIDAD: CÓMO LA VIVEN EL HOMBRE Y LA MUJER
Tradicionalmente el papel de hombre ha sido sinónimo de poder y de autoridad, tanto en público como en privado. Parece como si al hombre no le estuviera permitido manifestar abiertamente sus emociones, ya que haciéndolo se alejaría demasiado de ese modelo de virilidad y eficiencia en torno al cual ha girado su educación desde niño. A pesar de los nuevos modelos propuestos, éste sigue siendo el comportamiento básico del hombre desde el punto de vista afectivo, del mismo modo que el papel de la mujer por excelencia sigue siendo el de atender a los hijos, a pesar de su entrada en el mundo laboral y de una mayor tendencia a exponerse en materia de afectos y a arriesgarse por un sentimiento en el que cree.
Sin embargo, bajo esa máscara de indiferencia y fuerza, existe también en el hombre una profunda necesidad y búsqueda de intimidad, aunque éstas se concreticen según esquemas diferentes, condicionados necesariamente por el modelo histórico, social y cultural.
El movimiento feminista y la consiguiente libertad sexual devolvieron a la afectividad y a la intimidad su dignidad, desplazando la atención del exterior al interior, de la superficie a la profundidad, de lo social a lo privado. La revolución de los últimos veinte años ha devuelto además su justo significado y valor también a la vida sexual, dando preferencia a la calidad sobre la cantidad.
EL EROTISMO
No es posible abordar una cuestión tan delicada sin haber antes subrayado las grandes diferencias que existen en el acercamiento erótico entre un hombre y una mujer, que ni los recientes movimientos culturales han podido borrar totalmente. Hombres y mujeres buscan hoy día, quizá con una curiosidad distinta, un denominador común, sabiendo que a una diferencia en sentido anatómico se suma una diferencia, no menos importante, en sentido psicológico.
En el encuentro sexual desempeña un importante papel el componente erótico, que en el hombre se despliega con mayor intensidad en el terreno de lo sensorial, mientras que en la mujer requiere con mayor frecuencia un reclamo adicional, nunca totalmente desvinculado del registro sentimental.
Siempre se ha dicho que. en el caso del hombre, la imagen de una mujer desnuda puede ser suficiente para despertar sus deseos y excitarle, mientras que una mujer puede apasionarse más en situaciones en las que exista una mayor implicación emocional.
Distintos son los sueños y las fantasías que producen la excitación erótica del hombre y de la mujer, del mismo modo que es distinto el comportamiento durante la experiencia sexual, ya que el interés del hombre se centra en el carácter físico del acto, mientras que el de la mujer no puede prescindir de la necesidad de ternura, que se prolonga y perdura una vez satisfecho el impulso sexual.
La mujer juega y dirige su seducción para enamorar, no se conforma con el acto sexual, sino que pretende dejar una huella permanente que perdure no sólo como recuerdo sino también como deseo que se renueve continuamente. La mujer, en su seducción, recurre al perfume, a la crema, elige con cuidado la ropa, el peinado y el maquillaje que más le favorecen y extiende estos cuidados también a su casa, a los objetos que la decoran y a las flores que la adornan.
El hombre, por el contrario, no suele dedicar tanta atención a preparar el encuentro y la invitación, no confiere en general importancia a esos detalles.
El erotismo femenino suele esconder el deseo de continuidad, cada acercamiento sexual forma en efecto parte de un proyecto afectivo más amplio, en el marco de una vida en pareja, de un futuro juntos. El hombre limita a menudo sus expectativas a la conquista o a hacer el amor, excluyendo implicaciones sentimentales en cualquier caso inquietantes y arriesgadas.
Naturalmente, estos conceptos tradicionales se hallan en proceso de cambio, y el hombre no es ya tan reacio como antes a manifestar su sensibilidad, interesándose cada día más por las necesidades de su pareja. Del mismo modo, la mujer se halla hoy más abierta a vivir nuevas experiencias, también en el terreno de la sexualidad en el marco de su propia responsabilidad y del conocimiento de sí misma y de los demás.
Podríamos terminar diciendo que el hombre y la mujer tienen distinta sensibilidad, y sus fantasías y deseos son también distintos, lo que a menudo da lugar a malentendidos, incomprensión y disgustos. Ello no excluye sin embargo la posibilidad de un encuentro, de un intercambio, de un entendimiento que, de cualquier forma, siempre alegra la existencia y la enriquece.
La elección de la pareja pone en marcha mecanismos cuyas raíces han de buscarse en la infancia.